¿ESTA USTED SEGURO DE SER SALVO?

Tiene todo ser humano un sentido de culpa; como también sed de trascendencia.

Tendemos a acercanos a Dios buscando una respuesta a nuestra crisis interior. Buscamos a Dios impulsados por una necesidad espiritual. Sentimos culpa, tenemos incertidumbre, no estamos convencidos de las bondades de esta vida y demandamos una explicación que nos otorgue seguridad y certeza de permanecer un poco más allá de la curva que marca el final de nuestra existencia física.

Esta iniciativa en la búsqueda de Dios puede partir de una crisis de afirmación de la persona, es decir, buscamos algo que nos sirva de tranquilizante, que disipe las culpas, que nos conforte y nos brinde estabilidad frente a los avatares de la vida.

Más que la certeza de Dios, a veces lo que buscamos es nuestra propia seguridad. Construimos así la religión, el marco de garantía que a partir de nosotros crea un vínculo con lo trascendente. Este marco puede otorgar cierta piedad religiosa, pero no necesariamente confirma la salvación. La salvación es la obra de Dios en nosotros.

No importa tanto el motivo que nos lleva a acércanos a Dios, lo que si es importante es el tipo de relación que establecemos con Él. Existe en el ser humano un sentido de culpa, es cierto; como también es cierto que existe una sed de trascendencia. Culpa y sed de trascendencia son motivos esenciales que llevan al hombre a buscar a Dios.

La culpa como resultado del pecado esclaviza y puede crear una secuela en la conciencia capaz de persistir más allá del encuentro con Dios. La culpa implica el recuerdo de lo que hemos sido, la incapacidad de recuperarnos de nuestro pasado. Es esto lo que hace que no estemos en armonía con nosotros mismos y por eso continuamos en esa ambivalencia que nos hace sentir duda y temor.

Lo que Dios hace por las personas, lo que Cristo recuperó para toda la humanidad con su sacrificio en la cruz, no está ejecutado desde el punto de vista del humano. El Señor ha dicho que todas las personas que confiesan sus pecados y comienzan a vivir la nueva vida que se genera a partir de la conversión, son salvas. No importa si sicológicamente la culpa sigue acusándolas, son salvas. Claro, necesitan la cura sicológica que las libera de su pasado. Necesitan confiar en que la obra de Dios es completa. Necesitan saber que deben vivir de cara a Dios. Que tienen que sostenerse en la fuerza de Dios. Que tienen que experimentar la libertad de Dios.

La salvación está basada en lo que Dios ha dicho y en lo que Dios ha hecho a través de Jesucristo. Si usted ha puesto su fe en Jesús y vive sobre la base de la obra que Él ha realizado a su favor, sencillamente usted es salvo. La salvación no depende de la opinión que de usted pueda tener algún líder religioso. La salvación depende de una relación de fe muy particular que usted tiene con Dios a través de Jesucristo.

Las dudas sobre la salvación tienen su origen cuando nos metemos en la encerrona sobre que tan alineados estamos con las normas religiosas de nuestro entorno. Las dudas sobre la salvación tienen su origen en el poco conocimiento que tenemos de lo que Dios ha dicho y ha hecho. Las dudas sobre la salvación surgen de la idea de que Dios nos acepta por lo diligente que podamos ser, por lo activo que estemos en actividades religiosas.

Si descansamos de la actividad religiosa por un momento nos invade el sentimiento de culpa. Si no oramos el tiempo que acostumbramos a orar, nos sentimos incómodos. Si no llenamos la cuota de nuestra rutina diaria, nos acusamos como si fuéramos pecadores. Sin embargo, a pesar de eso, si usted mantiene su fe en el Señor Jesucristo y mantiene una viva relación con Él, usted es salvo. Esto es algo que usted tiene que proclamarlo, vivirlo y celebrarlo.

En la medida que usted se acepte como salvo sobre la base de la obra realizada por Jesucristo, las dudas y los sentimientos de culpa alzarán vuelo. Si usted creyó en Jesucristo, usted es salvo por encima de las dificultades cotidianas de la vida, por encima de sus debilidades, por encima de una conciencia que evoca un pasado superado y que quiere quitarle la paz y la libertad que el Señor ha obtenido para usted. Dígase salvo por Cristo y celébrelo.

Ante esos fantasmas que quieren asustarlo y quitarle la paz de la salvación, entone el himno SOY SALVO, 136 del himnario de Gloria que dice:

Cristo del cielo a buscarme

vino a la tierra, se humilló:

cuando vagaba yo en la noche,

Él me buscó y mi alma salvó.

CORO

¡Soy salvo, este es mi canto!

¡Cristo me salva, oh cuan glorioso!

soy salvo, miro su gloria

doy alabanzas al Salvador.

Cristo me guarda de pecado,

Él es mi guía a su mansión:

grandes riquezas de su gracia

el derramó en mi corazón.

Él me conduce por la senda,

me libra siempre de tropezar:

Él es mi apoyo y es mi fuerza,

y si le sigo no puedo flaquear.

Cristo muy pronto, con voz tierna,

ha de llamarme al dulce hogar,

do voy a verle, en su gloria,

su triunfo siempre allí celebrar.

Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL –

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