Hay situaciones tan desesperadas, de tan urgente necesidad, que requieren decisiones y acciones violentas o dolorosas.

Era otra de sus escaladas arriesgadas y solitarias para el alpinista Aaron Ralston. En su ansia de experiencias fuertes, cargadas de adrenalina y al filo de lo imposible, había decidido subir el cañón Blue John entre los estados de Colorado y Utah, en Estados Unidos. Además de su equipo de montañismo, Aarón llevaba un poco de agua en una cantimplora, chocolate, algo de fruta para alimentarse y su navaja multiusos con escaso filo; no iba a necesitar nada más.

Cada paso en su ascenso era meditado con precisión para correr el mínimo riesgo, sin prisa, pero sin pausa. La montaña iba cediendo terreno al joven aventurero, quien avanzaba con el sueño de llegar lo más alto posible. Cuál no fue su sorpresa cuando una gran roca, aparentemente incrustada a la gran montaña, cedió al agarrarse a ella. Lo que sucedió entonces fue cosa de segundos y digno de ser contado en película (127 horas).

La piedra rodó hacia el alpinista; este salvó la vida rodando con ella. ¿Cómo lo hizo? Percibió una grieta en la montaña y en un movimiento desesperado se metió allí. Solo que la roca, de unos 90 kilos, también se detuvo, con tan mala fortuna que aplastó y aprisionó el brazo del escalador.

Los gritos de dolor se perdieron en la vasta cordillera y desde ese momento comenzó una lucha contrarreloj con la muerte. Estuvo cinco días atrapado, sufriendo por los huesos rotos de su brazo, comiendo lo poco que llevaba en su mochila y dosificando el agua.

Pasó el sábado. Transcurrió el domingo. Y el lunes. El martes se quedó sin agua y sin mucha esperanza de salvar la vida. Desde el amanecer del miércoles, Aaron Ralston comenzó a darle vueltas a una idea inhumana: cortarse la parte derecha de su brazo, la que estaba aprisionada.

Después de horas barajando la posibilidad, el jueves tomó la navaja que llevaba en su equipo de montañismo y se mutiló la extremidad por debajo del codo. Para frenar la hemorragia se practicó un torniquete con su camisa y luego no esperó a que lo encontraran allí, comenzó el descenso del cañón, sangrando abundantemente y llevado únicamente por un gran deseo de vivir.

Cuando fue localizado por los equipos de rescate, estaba prácticamente inconsciente y fue trasladado urgentemente al Hospital St. Mary’s, de Gran Colorado. Su estado al llegar era grave, sin embargo, salvó la vida. Y lo más curioso de esta increíble experiencia es que el brazo fue retirado de debajo de la roca y recuperado por las autoridades del parque, para ser posteriormente incinerado por el propio Ralston.

Aaron regresó a la escena del accidente con Tom Brokaw seis meses más tarde, en su cumpleaños, para filmar el episodio de NBC Dateline de su accidente y para esparcir allí las cenizas de su brazo donde él dijo, «que pertenecen».

Los periodistas que se hicieron eco de la noticia titularon así el artículo: “Mejor manco que muerto”. Y el subtítulo: “El enorme deseo sin límites de vivir permite a la estadounidense Aaron Ralston contar su última aventura en una montaña de Utah”.

Querido lector, hay situaciones tan desesperadas, de tan urgente necesidad que requieren decisiones y acciones violentas o dolorosas. Cuando el hombre se enfrenta a la muerte, el deseo de vivir o el instinto de supervivencia le llevan a hacer cosas que jamás haría en situaciones normales. Este alpinista nunca olvidará los cinco días en el cañón Blue John.

Solo Aaron Ralston sabe lo que sufrió, lo que sintió, lo que pensó y cómo luchó para vivir. Cortar su propio brazo con una navaja tuvo que ser algo terrible y desgarrador. Sin embargo, salvó la vida. Sin duda, hoy, Ralston convertido en orador motivacional, puede decir que mereció la pena. ¡Mejor manco que muerto!

Puedo recordar unas palabras de Jesús: Marcos 9:43-48. Estos versículos deben ser correctamente entendidos. Lo que Jesús quiso enseñar es que hay que ser radicales con el pecado, aborrecerlo y cortarlo antes que ir al Infierno. Nota la repetición del Señor. “Te es mejor entrar en la vida manco que ir al infierno”.

¿Qué es aquello que te está impidiendo entrar en el Reino de Dios? ¿Qué es lo que te ata para que no entres a la vida de Dios? ¿Qué es lo que te trae muerte y te lleva al infierno? ¿Un pecado favorito apegado al corazón? ¿El qué dirán o una posición social? ¿Amistades, familiares, un trabajo? ¿El dinero, las posesiones, el placer, la comodidad? ¿El deporte? ¿La sabiduría humana o filosofías, políticas o bien la religiosidad? Algunas de estas cosas son buenas y deben ocupar su debido lugar en nuestra vida. Pero cuando nos estamos jugando la vida eterna, cuando estar apegados a ellas nos condena, arranquémoslas. Cortémoslas, aunque duela, aunque las amemos, aunque sea una pérdida momentánea. Mejor manco que muerto.

Debemos ser valientes y violentos para ser salvos y conquistar el reino de los cielos.

Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL-PERIODICO UNO

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